En Línea Vital, Silvia Lerín explora la línea como una metáfora de la vida. A partir de ella construye un conjunto de obras en las que lo pictórico, lo matérico y lo espacial se entrelazan para dar forma a un recorrido atravesado por el devenir, el cambio y la experiencia acumulada con el tiempo. La línea aparece aquí no solo como un elemento compositivo, sino como una presencia que organiza, divide, articula y pone en tensión cada pieza. A veces actúa como camino, otras como corte, otras como unión. En todos los casos introduce la idea de trayecto, de tránsito, de algo que no permanece inmóvil, sino que remite a una transformación constante. La exposición parte de una investigación que Lerín ha desarrollado durante años en torno a los materiales, las superficies y las posibilidades expresivas de la pintura. Su trabajo se caracteriza por una atención muy precisa a la textura pictórica, construida con múltiples capas y lavados que generan superficies densas, vibrantes y llenas de matices. En ella queda inscrito el tiempo del proceso, la repetición del gesto y una forma de hacer que revela tanto la duración como la memoria de la propia obra. Cada superficie parece haber sido trabajada desde una temporalidad lenta, en la que el color se deposita, se retrae, se superpone y deja ver una profundidad que se revela a través de una mirada sostenida. En esta ocasión, la línea vertical que atraviesa muchas de las obras se convierte en un eje desde el que pensar la experiencia de vivir. Puede entenderse como una forma de orden, pero también como una apertura al azar. Señala una dirección, aunque nunca garantiza estabilidad. Introduce una organización del plano, pero deja espacio para la ambivalencia. Separa y une al mismo tiempo. Interrumpe y sostiene. En esa doble condición reside buena parte de la fuerza de la muestra. Los grandes acrílicos sobre lienzo y madera son el núcleo de esta serie. En ellos, la recta vertical atraviesa el plano y funciona como eje vertebrador de la composición. Obras como Copper Line on Dark Red, Silver Line on Light Green, Silver Line on Blue III o Brass Line on Light Blue muestran cómo la artista trabaja con campos cromáticos amplios y contenidos, pero profundamente complejos en su interior. Lejos de ser superficies uniformes, estas zonas de color están atravesadas por veladuras, lavados, pequeñas vibraciones y variaciones tonales que generan atmósferas sutiles y de gran intensidad. Hay en ellas una contención formal evidente, pero también una riqueza interna que impide que la composición quede cerrada sobre sí misma. La línea organiza, pero no clausura. Marca un centro, aunque no lo fija del todo. Introduce una tensión entre equilibrio y desplazamiento, entre estabilidad y fragilidad, que hace visible la posibilidad del desvío y de la transformación. En esta serie, el color desempeña un papel decisivo. Los rojos, azules y verdes no se presentan como bloques compactos, sino como superficies que vibran y se abren a múltiples inflexiones. Esa vibración del color, unida a la presencia física de la madera, refuerza la idea de que cada pieza contiene una tensión entre lo estable y lo mutable. La pintura y la estructura conviven, pero ninguna de las dos se impone de manera absoluta. Entre ambas se crea un espacio donde la línea deja de ser simplemente un signo para convertirse en una forma de pensamiento visual. La exposición se desplaza después hacia piezas sobre papel como A través del
rojo y A través del azul. En ellas, la investigación sobre la línea, la superficie y el color se presenta de una forma más contenida e íntima. Estas obras no funcionan como un apéndice menor respecto a los grandes lienzos, sino como una forma de destilación. En ellas, la relación entre color y línea se vuelve más directa, pero mantiene intacta la intensidad del conjunto. El paso al papel permite percibir con otra cercanía el pulso del gesto y la economía de recursos con la que la artista sostiene una misma investigación en distintos soportes. A partir de ahí, la muestra se abre a lo tridimensional. Las esculturas exentas introducen un desplazamiento importante, porque la línea deja de estar contenida en el plano para adquirir cuerpo en el espacio. Ya no se trata solo de un elemento representado, sino de una forma que ocupa, articula y activa el entorno. En este tránsito de lo bidimensional a lo tridimensional se hace visible una de las ideas centrales de la exposición. La línea deja de ser únicamente un signo para convertirse en la pieza misma. En ese paso, la metáfora de la vida se intensifica. El recorrido ya no se plantea como una trayectoria recta o previsible, sino como un camino sinuoso, expuesto a cambios abruptos, interrupciones y encuentros inesperados. La línea aparece entonces como una forma de pensar la existencia no desde la fijación, sino desde el movimiento. Esta misma idea se prolonga en la pieza de vídeo vinculada a la exposición, donde una bailarina entra en diálogo con la obra a través de una coreografía creada por la propia artista. El cuerpo, tomando como referencia la verticalidad y el giro, prolonga en el espacio muchas de las tensiones ya presentes en las piezas. La intérprete se convierte en una línea que se dibuja a sí misma, que insiste, se repliega, se desplaza y vuelve a comenzar. El vídeo no ilustra la exposición, sino que la expande. Introduce el cuerpo, el tiempo y el movimiento dentro de una investigación que ya estaba latente en la pintura y en la escultura. Línea Vital reúne una serie de obras en las que Silvia Lerín aborda cuestiones formales y autobiográficas desde un lenguaje sensible y muy personal. A través del color, la textura, la materia y la línea, la artista construye una metáfora visual de la vida entendida como un proceso abierto y en continuo cambio. Siguiendo la máxima estoica “Lo que se interpone en el camino se convierte en el camino”, Lerín va construyendo su obra del mismo modo que aborda su vida, consciente de los giros y los desvíos, dejándose llevar por la inercia de un recorrido que nunca es directo y en el que camino y caminante devienen una sola realidad.